Captación de menores y adolescentes

La adolescencia es una etapa de formación de la identidad, de las convicciones y del proyecto de vida. Por eso, cualquier propuesta vocacional dirigida a menores exige una prudencia extraordinaria. Una cosa es ofrecer formación religiosa; otra muy distinta es orientar deliberadamente a un adolescente hacia una decisión vocacional determinada.

En los testimonios y documentos analizados por Ágora aparece repetidamente el comienzo de la influencia vocacional a edades tempranas. En el expediente argentino, por ejemplo, las declaraciones recogidas por la fiscalía y su equipo técnico especializado, describen actividades dirigidas expresamente a conocer chicas y acercarlas a la formación religiosa, incluso mediante actividades elegidas en función de sus intereses.

¿Por qué la adolescencia requiere especial protección?

Un adolescente todavía está construyendo su identidad, su autonomía y su capacidad para evaluar decisiones de largo alcance. La admiración hacia un adulto, el deseo de pertenecer a un grupo y la necesidad de reconocimiento pueden tener un peso especialmente importante.

Por eso resulta problemática cualquier metodología que aproveche esa mayor capacidad de influencia para conseguir una respuesta vocacional. La vocación, precisamente porque pretende comprometer la vida entera, nunca debería ser inducida. Debe poder descubrirse y discernirse sin presión, urgencia, ocultamiento de información ni dependencia afectiva respecto de quienes esperan una determinada respuesta.

Los hijos de familias vinculadas a la institución

Merece especial atención lo que antiguos miembros denominan informalmente «segunda generación»: hijos e hijas de supernumerarios que han crecido en familias estrechamente relacionadas con el Opus Dei.

Los testimonios conservados por Ágora señalan específicamente a la segunda generación,  hijos de supernumerarios que se convierten en un ámbito de búsqueda de nuevas “vocaciones inducidas”.

En estos casos existe una circunstancia adicional: el adolescente puede haber conocido desde pequeño centros, actividades, sacerdotes y miembros de la institución. El lenguaje, los valores y la valoración positiva de una eventual vocación pueden resultarle familiares antes incluso de comenzar un discernimiento personal.

Eso puede facilitar el acercamiento y aumentar la influencia de los adultos de referencia. Precisamente por ello debería existir más cautela, no menos. La familiaridad con una institución nunca debe confundirse con una decisión vocacional libre.

Una vocación necesita libertad e información

La cuestión no se resuelve preguntando únicamente a qué edad puede formalizarse jurídicamente una incorporación. Importa también qué ocurrió antes: cuándo comenzó el seguimiento, qué sabía el adolescente sobre aquello que se le proponía, qué alternativas conocía, qué grado de participación tuvieron sus padres y si podía decir «no» sin experimentar culpa, miedo o sensación de estar rechazando algo que Dios esperaba de él.

Una decisión libre necesita tiempo, información suficiente, posibilidad real de contraste y ausencia de presión. Y tratándose de menores, necesita además una protección especialmente rigurosa de la familia y de los adultos responsables.

La formación religiosa puede proponer ideales. Puede acompañar preguntas. Puede ayudar a discernir. Lo que jamás debería hacer es fabricar la respuesta.

Ágora aborda este tema porque proteger la libertad de los menores y adolescentes no significa impedirles tener inquietudes religiosas. Significa exactamente lo contrario: garantizar que una eventual vocación pueda llegar a ser verdaderamente suya.

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